Aeropuerto. Terminal 1. 5.30p.m. Tengo frío. Pequeñas
partículas de brisa coladas entre la ropa se derriten en mi piel, me invaden
los poros con su humedad calcinante. Espero a Karla frente a la puerta 2 del
Aeropuerto del D.F. A la derecha tres señoras obstruyen la entrada, tuve que
rodearlas para poder salir. Son de esas que no se mueven, ni un milímetro, ni
siquiera cuando ven a la gente queriendo pasar. El mal común de los sesenta años,
creen que su permanencia en la tierra les da el derecho... ¡Uy!, ya chocaron
con ellas. ¡Ven el panorama y no son para acongojarse! Una de ochenta año las
empujó de frente iniciando el juego de a ver quién puede más. ¿Se imaginan un
mundo con actitud de ochenta años? Carros en doble fila que los tránsitos
no reportan con tal de evitar el bolsazo y la frase demoledora que los atormente
el resto de la semana. Choques al por mayor porque todos tienen más derecho a
pasar. Filas inexistentes o viejitos metiéndose en la fila delante de viejitos
que se les vuelven a meter. Los cerillos con el mandil repleto de monedas de
cincuenta centavos después de sudar diez bolsas del súper, acomodarlas al gusto
del dueño, reacomodarlas al recién adquirido gusto del dueño y salir regañados
porque mallugaron la fruta. En fin, ahora estas no se mueven y la otra a huevo
quiere pasar por ahí. Su chofer ni siquiera pudo abrir bien la puerta del
coche. ¿Cómo se le ocurrió a la viejita que las sesentonas le abrirían el paso?
Quizá se sintió segura porque la siguen en caravana dos coches de lujo, la
familia entera despidiendo a la abuela porque ¡Quién sabe cuándo te volvamos a
ver! Al menos la octogenaria deja en claro su poder de convocatoria. -¡Primo!-
Gritan del primer al segundo auto de lujo. -Gordo, vente para acá- Le bromea el
mismo. -¡Vente! Pienso: Ya vente mi gordo que sentir no se le niega a nadie. ¡Ah!, no, perdón; que vaya, que se acerque, le dicen. La abuela
llama al mayorcito, un cuarentón mimado, el que traía de bajada al gordo, lo
amonesta por alguna razón. -No me gusta verte así, hijo- ¿Así cómo? Me imagino
que así como lo trata la mujer, una fresita que trae el pedicure
declaratorio de en mi casa yo no lavo los platos, y no será por algún tipo de
reivindicación ideológica al estilo de Kira Galván, segurito es por simple falta de tiempo: el spa,
el salón de belleza, la charcha con las amigas, el Comité de graduación (vino
gratis auspiciado por los padres de familia, es decir, por su esposo y los de
las demás). Échenle cuentas, para cuando termina sus actividades dan las tres y
el marido ya se comió sus tacos o se echó un buen taco camino a la oficina.
Entonces, el cuarentón con cara de lo que tú digas mamá, tiene a esposa e hijos
despidiendo a la vieja con todas las de la ley, no sea que en una de estas la
viejita olvide depositarle el cheque mensual que sustenta su elegante vida, o
se muera y resulte que a causa de un coraje puso restricciones al cobro de la
herencia con una nota: Juanito, tan parecido a tu padre. Te dejo el tesoro más
grande que hay: el trabajo. Llegó el momento de demostrar tu casta. ¡Si para
eso eres m'hijo! Eso ni en pesadillas.
Como si el horno estuviera para bollos, después de la despedida a la
abuela, empiezo con escalofríos -se me hace que me voy a enfermar-. Karlita, ¿dónde
te metes?


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