Te recuerdo, aún sin nombre, sin rostro, ni voz,
impactas la memoria como disparo, como el que tiró tu cuerpo a pólvora en
suelo polvoriento.
Sangre encharcada y espesa, el rojo
vivo que fue de un vivo que ya está muerto.
Niña asombrada, no importa quién fue, sino quién es en ti: imagen de
ropa ensangrentada;
llevas en la memoria el auxilio tardío al infortunado yerto: anónimo compañero.
Encuclillada miraste a los mirones, sus piernas circundantes de
cadáveres.
El barrio es bello, es cuna
momentánea y mortaja perenne.
No quieras entender qué
pasa, dos décadas después entenderás que,


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