“Deposite una moneda, por favor”. ¡Cuántas manos!, todas las manos. ¡Cuántas monedas!, todas las monedas. Un niño tiene una, la mira reluciente y hasta donde su manecita le permite la mete en la ranura, da vuelta la perilla y sale un monito más, con su juguetito.
Pygoscelis papua, para obtener los favores de una hembra ofrecerle una hermosa piedra. Y ahí va él con su llave-piedrecita a ver a la otra que le abrirá las puertas de la prolongación de la especie.
Pareciera que las instrucciones de una vida se dieran justo en el vestíbulo del nacimiento: si A, entonces tú, B. Para hacer esto, tú haz aquello. Y además de las instrucciones un calzador, -porque uno siempre calza- uno cree que vive y solo se calza en la vida.
Valiente ayuda el libre albedrío si todo es challenge y response, entonces es ahí cuando solo hay ilusiones y marchas: ¡El 2 de octubre, no se olvida!
Mejor celebrar la desgracia ajena, llorar la navidad y colgar calabazas de la línea eléctrica el 24 de julio entrante, siempre y cuando no sea cuarto menguante; por lo menos así uno tendría la plena certeza de que es y no de que se está siendo, se está asiendo, se está haciendo.
Pero no, uno deposita una piedrecita y sale un juguetito, para obtener los favores de una hembra, una moneda.
¿O era al revés?


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