Cuando se abandonaron, el sol les hizo
ver su suerte dejándoles una especie de pegoste sudoroso y salado en la piel. Ahora
tienen la memoria escaldada, carcomida por una sal finísima, de la de uso
corriente.
Las dos entreteniéndose con su
grupo de amigos, con su afición de fin de semana, con su trabajo-vocación, con
sus causas, con su altruismo. Ya tienen una casa, ya compran un coche, ya van
de vacaciones, ya vuelven frescas de resignación a la rutina.
¿Por qué? Porque evidenciar lo postizo y arbitrario de la vida de los otros toma la forma de una ofensa directa, es un golpe seco en la cara o en el vientre o a mitad de la espalda de aquellos que pasaron la vida siguiendo normas; y ellas, como muchos otros, recibieron la réplica. Hace mil años que pasó y todavía recuerdan aquel domingo.
Pero mucho antes… Pasearon por la calle para ver el cielo y a los niños corretearse unos a otros y a las madres
de los niños aburrirse o hablar con otras madres o coquetear con otros padres.
Pasaron noches sólo mirándose con una mezcla de curiosidad, deseo y miedo.
¿Felicidad? Fue inquietud de principio a
fin. Alguna intuición les decía que allá era otro lado, fuera del área de confort, con señales de peligro en el mapa. Dormían como si fueran a perder lo
valioso durante el sueño. Era un no dormir.
Finalmente, se decidieron a habitar una casa y dejaron afuera al
mundo, ignorando sus limitaciones.
Cerraron las puertas y las ventanas. Después, amueblaron la casa con sabor a fiesta: el piso y los vestidos
entintados de azafrán, piel aceitada de oliva, cardamomo, canela, pasas,
cúrcuma, un amargor de chocolate cada tanto, aguas de fruta fresca y nieve de
zarzamora. Al amanecer y cada noche, el pan con queso y tomate hinchado de jugo, el aroma a café tostado, los ojos enrojecidos por el humo del tabaco.
Les supo igual que cualquier cambio de
boca. Les sorprendió que siendo mujeres no se
sintiera raro. Les metieron la cuestión del género hasta en la parada del
camión y creían que eso tendría que ser distinto.
Como es natural en esta clase de exilio,
el tiempo hizo lo suyo. Cuando una flaqueaba y amenazaba con salir, la otra la
detenía. Sí, podemos afirmar que entre ellas existía una privación a la libertad voluntaria.
La historia siguió sin grandes
sobresaltos. Discusiones por la hora de dormir o la limpieza y asuntos del
día a día que se resolvían o se aplazaban.
Pero llegó un
domingo, ése que aún recuerdan, el último, derivado de la inexperiencia o propiamente de
la ingenuidad. Eran jóvenes, es su justificación. Podríamos pensar que
algún brote de entusiasmo las distrajo de la señal de peligro en las escaleras o que de alguna forma habían llegado al acuerdo de terminar el encierro. Por
cualquier razón o por ninguna, estas dos organizaron un picnic de azotea. Una
se encargó del mole verde, mientras que la otra preparó el espacio con mantel,
platos, servilletas, copas, sal. El ritual incluyó maquillaje y vestidos, el
aroma perfumado de las velas, del vino y de las flores. Comieron a paso de cualquier velada
romántica. Bailaron descalzas sobre el mantel hasta que el cielo anunció otro
día. Quietas, con las nubes goteando frescura a la tarde, no les faltaba nada. Como dos botellas vacías tumbadas en el piso, envueltas en la tela, rodaron en dirección del viento levantando un poco de polvo húmedo, una junto a la otra. A saber
por qué -inclinación de la losa en
sentido contrario, poca energía- pararon a medio camino entre la cena y el rincón noroeste de aquél espacio. Entonces, una boca ajena silbó y lo reventó todo. Les fue propuesta una ecuación imposible: Ya que el mundo juzga y ninguna
quería ir a juicio, estuvieron frente a frente sin tocarse durante muchas horas,
con la mirada atenta de los vecinos, que parecían turnarse para observarlas. Ninguna
rompió la distancia entre los labios, querían evitar que su transgresión inculpara
a la otra en un acto que ni siquiera consideraban delito. Poco a poco
desenvolvieron la sábana, se fueron separando. Las horas de humedad y frío
germinaron dudas: ¿era cuidado o rechazo? ¿amor o indiferencia? A media
noche ocurrió la tragedia: considerando la quietud y la distancia de la otra como voluntaria, real
e infranqueable, una se fue. La que quedaba, igual de dudosa, concluyó lo
único que indica el abandono: Ya no me ama. Curioso que justo con esa
afirmación interna, como si la escucharan, los vecinos metieran sus cabezas y siguieran
conformes con lo suyo.
¿Después? Nada. Desmantelaron la casa, hicieron las maletas, frecuentaron a viejos amigos,
contaron la historia mil veces hasta aburrirse de la misma. Apareció la afición a la baraja en una y para la otra una buena oferta de trabajo -para como están las cosas-. Ayudan al
prójimo, cada una a su modo, viajan, se adecuan al mundo, envejecen cuidando sus límites y se ofenden si otros logran transgredirlos, porque paradójicamente tienen
claro el frío, la humedad y la distancia de la otra en aquella última velada, pero
muy borrosas las caras de sus vecinos.


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