Polvo de pies y pies,
aceite de llantas de coches y coches,
me siento de humor
para apreciar el mundo,
para empaparme de sobacos sudados y estornudos al
aire,
para saciar el apetito
de carne sazonada al vapor de fruta podrida
y polvo aceitoso y sudoroso
que da el sazón que me gusta a las carnitas de $5.
Vine a masticarme la carne mundana de a pie,
a digerirla como turista atragantada
y eructarla con aroma a taco,
vine a ver lo cotidiano por novedoso
y lo novedoso por cotidiano,
afuera del escaparate
de láminas pulidas y vidrios automáticos,
de mujeres y hombres con rostro antiedad,
de niñas con tacones y viejas con tacones,
todas enmascaradas de rímel,
y todos y todas con los cabellos
pintados cubriendo
la cruda de la vida y de la reunión de negocios
y del chat de madrugada.
Vine a esta plaza, justo a esta plaza
olvidada por los agentes policiacos
y sus amigos de salubridad
y sus compadres del aseo urbano
y los arquitectos enjarradores de muros,
vine a este mundo bien celebrado por los inventores de
oficios
que siguen aprendiendo, cada día,
a sobrevivir a pesar de ese otro lado
en el que los hombres de negocios
llenan los espacios del peatón con autos de lujo,
y se reúnen con sus amigos y sus compadres y los
arquitectos que pintan sus muros,
vine para comprobar esta vida de arrugas naturales de
cincuenta años
y de paseos a pie y de personas hablándose cara a
cara sin necesidad de teléfonos inteligentes,
vine a percibir ese aroma que nos hace tan humanos
y que jugamos a quitarnos cada día con el jabón y los
perfumes de marca,
aunque sepa más salada que los guantes de fábrica o el
enlatado,
vine y ahora yo misma huelo al paso de las horas
entre el caminar y el sudar la comida,
vine y qué contradicción querer volver
a la ducha caliente,
a la crema de noche,
a la conexión de red ilimitada
y la desconexión del mundo
-también ilimitada-.
-también ilimitada-.


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