Un hombre llamado Tulio, cansado de caminar, un día salió del camino, de su pueblo, de su lugar, de su mundo.
Salió buscando lo que no había podido encontrar por ahí, quería ser un espectador y ver desde afuera todo aquello que no había podido presenciar antes, quería ver qué encontraba volteando en otra dirección. Su mente, como cámara fotográfica quería registrar cada hecho y cada visión distinta al mundo tan cotidiano del que venía.
Se observó y observó a los demás. Se preguntó por qué todos parecían caminar sin rumbo y despreció la manera en que él mismo caminaba porque se dio cuenta de que, a pesar de no saber hacia donde se dirigía, trataba de llegar antes sin importar que dejara a un lado a todos los demás mientras ellos mismos trataban de dejarlo a él. Se entristeció al darse cuenta de la manera en que derrochaba su existencia en caminos que ni siquiera él sabía por qué seguía, pero que al igual que todos, urgía seguir.
Recordó a un amigo que tuvo hace tiempo; Rogelio, quien había sido parte importante de su vida pero que había decidido salir de su mundo mucho tiempo antes que él.
Rogelio no quiso regresar, pensó Tulio; se dio cuenta de lo que me estoy dando cuenta ahora y simplemente jamás volvió.
Tulio se entristeció, en parte por envidia de no creerse libre como su amigo y en parte por extrañarlo, pero siguió observando todo de un modo en el que nunca antes lo había observado. Se admiró de todos, cuestionó su comportamiento y los odió. Después lloró de impotencia, nunca quería volver después de darse cuenta de lo que formaba parte. Se pensó débil y creyó que no podría con toda la insensatez que veía, creyó que no podría sólo seguir caminando sin rumbo aparente, entonces lo decidió.
Existen aquellos que se han atrevido a regresar y van al lado del camino tratando de hacer entender lo que ellos ya entienden, tratando de hacer que todos se den cuenta de que no hay un rumbo fijo, pero son tan pocos que no pueden hacerse escuchar.
Todos los allegados a Tulio, aún sumidos en la ignorancia de su propia existencia, se resignaron con su partida y la aceptaron con despecho, con la misma envidia de la que él había sido objeto, pero sin saber por qué la sentían.
Tulio, que destellaba los últimos brillos de cordura en sus ojos, fue transportado y abandonado con un fingido respeto en el asilo psiquiátrico del lugar, en un cuarto contiguo al de su amigo Rogelio, pero al fin no tendría que seguir caminando; y ahí se quedó, fuera del camino, de su pueblo, de su lugar y de su mundo.


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