—Tenían que haberle dado de comer en la boca, no dejarle la vasija ahí. Si no llego yo, ¡se muere de hambre el periquito!— Cuenta la Sra. G. a S. Por sus gestos se advierte que es una persona hecha con animales, de las que tienen gatos en la cocina, perros en el negocio restaurante familiar, aves varias en la azotea, por eso sabe cómo tratarlos.
—¿No te contaron de la gata? ¿De la Canela?— Pregunta la Sra. G.
S., amiga de la Sra. G., niega enchuecando la boca y le otorga la continuación del relato con la mudez de un sorbo a su limonada.
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| "Vaso incómodo" de José López |
La Sr. G. fuma, da dos toques al cigarrillo. Suelta el humo a presión. Su amiga atiende tanto al discurso como a los silencios, a los dedos largos de la Sra. G. y a sus ojos.
—¿Te acuerdas de Meche? ¿No? La que nos ayudaba en el restaurante. Ella nos contó que la gata de su hermano parió a un solo gatito, entonces, allá vamos hasta la Alarcón con los gatos recien nacidos, para que los alimentara la gata. Nada más los acercamos y se le prendieron. Pero ¿Qué crees? Al día siguiente, cuando nos los quisimos llevar...— La Sra. G. dramatiza el celo de la felina. Sus manos son garras, su cara y voz un maullido de ataque.—¡Se había apropiado de los gatitos! No se los pudimos quitar.
La historia termina en que ella volvió por el hijo natural de la gata, que era siamés.
—¡De raza pura!— La amiga no entiende el por qué de la importancia del origen del gato, pero asiente con la cabeza.
La Sra. G. fuma, repasa en silencio historias para compartir. S. palpa la textura sintética del mantel rojo que cubre la mesa. Admiran doscientas hectáreas verdes, el próximo fraccionamiento de lujo con campo de golf de la ciudad, lugar al que un grupo de seres humanos dedicará alrededor de cinco años para su construcción, o su destrucción, según se entienda. Por lo pronto las historias de animales van bien con el paisaje.
| "La ola" de José López |



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